¿Sabés qué es lo que nos ayuda a mantener la fe hasta el final? Algo del evangelio de hoy nos orienta y nos da una linda pista: el ser prudentes, o sea, el estar preparados. El tonto es el que pierde la fe. El necio pierde la fe. La pierden por tontos, en el fondo. Por quedarse sin combustible en el camino, sin aceite, por no haber previsto que se podía acabar. El que no es prevenido, el que no “guarda” el aceite que le ayudará a tener luz mientras se demora Jesús, ese es el que pierde la fe. Las vírgenes necias van al momento más importante de sus vidas, al encuentro con Jesús, y no llevan aceite, no se preparan, no son precavidas, no tienen en cuenta que el esposo puede demorarse. Confían en su criterio, en sus pensamientos y, por haber confiado demasiado en ellas mismas, se pierden lo mejor, se quedan en la puerta, afuera.
Podemos perder la fe y perdernos de ver a Jesús por haber pecado de demasiada confianza en nosotros mismos y pensar que podíamos solos. Me parece que el aceite de la lámpara que no llevan estas vírgenes simboliza que, en el fondo, no nos damos la luz a nosotros mismos, que para iluminar necesitamos de otros. Necesitamos el amor de los demás, el amor de Jesús que brota del corazón de los otros, por medio de otros. Ese es nuestro combustible, lo que nos hace andar por esta vida. No hay otro camino. Cuando nos la creímos, cuando nos pensamos que teníamos combustible para mucho más y nos pasamos de largo en la estación de servicio creyendo que llegábamos, nos quedamos a la mitad de camino. Nos quedamos por el camino o nos quedamos a la puerta de la felicidad solos, esperando que alguien nos salve y no nos dimos cuenta que el único que nos salvaba era Jesús. Nos quedamos por el camino cuando nos convencemos a nosotros mismos que la felicidad, la fe, el amor, depende exclusivamente de nuestras propias “reservas”. Esa es nuestra gran necedad, la gran estupidez de nuestra vida, nuestra gran sonsera.
Mientras estemos en la tierra siempre habrá tiempo de pedir un poco de aceite a los otros para seguir iluminando, y está bien. Eso es necesario. Pero al final de nuestra vida ya no habrá tiempo. Es cosa seria. La llegada de Jesús al final de los tiempos o al final de nuestra propia vida, aunque no sepamos cuándo será, es cosa seria. No es para andar jugando con la misericordia de Dios. Hay que tomarse en serio la vida. No se puede andar “zafando”-como se dice acá en Argentina- siempre, especulando con el amor y después pretender que los otros me den lo que yo mismo podría haber conseguido por mis propios medios.
Estamos en el tiempo de la misericordia, pero no sabemos cuándo se acabará. Por eso, mientras tanto, hay que ser inteligentes, prudentes y saber que Jesús es nuestro único salvador y maestro. No somos salvadores y maestros de nosotros mismos para creer que podemos solos. No seamos tontos. Busquemos el aceite del amor en otros amando también a los otros. Busquemos el amor que necesitamos en los demás y, también, el amor que los otros necesitan de nosotros.
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P. Rodrigo Aguilar
August 27, 2026 3.4K 9