Pesaj es una de las historias más poderosas que existen. No solo recuerda la salida de Egipto, sino el momento en que Dios interviene en la historia para liberar a Su pueblo.
El pueblo de Israel no salió porque estaba listo, ni porque tenía todo resuelto. Salió porque Dios decidió que era el momento. Porque escuchó su clamor y abrió un camino donde no lo había.
Y así comenzó el proceso.
No con certezas, sino con desierto. Con pasos. Con una dirección sin mapa claro. La salida de Egipto no fue el final, fue el inicio de un camino hacia la libertad.
Pesaj nos recuerda que la esclavitud no siempre es visible. Egipto, Mitzrayim, también significa estrechez, limitación. Es todo aquello que aprieta, que reduce, que nos mantiene en un lugar donde no podemos crecer.
Y la libertad tampoco es solo física. Es aprender a vivir diferente.
En medio de esta historia hay algo profundamente significativo: Yeshúa también celebró Pesaj. Su última cena fue un Séder. No fue coincidencia. Fue cumplimiento.
El cordero, la sangre en los dinteles, la redención… todo apunta a algo más profundo. A una libertad que no solo saca de un lugar, sino que transforma el corazón.
Pero incluso después de salir, el proceso continúa.
Hay una parte del ser humano que sigue aferrándose a lo conocido, que teme soltar completamente, que no termina de confiar en el proceso. Y eso también es parte del camino.
Pesaj no es solo salir de Egipto. Es aprender a dejar atrás todo lo que todavía nos mantiene ahí.
Es caminar, incluso sin entender todo. Es confiar en medio del desierto. Es soltar lo que ya no somos.
Y recordar que el mismo Dios que abrió el mar… sigue abriendo caminos hoy.
-VZ












