CAPITULO 5
La Tristeza
No te escribí, pero TE ESCRIBÍ... Porque la tristeza se convirtió en mi sombra, una compañera silenciosa que parecía estar siempre presente. La tristeza no llega como una explosión, como el impacto o la ira; es más bien un goteo constante, un peso en el pecho que nunca parece desaparecer por completo. Cada día, cada momento, se siente teñido de una melancolía que lo invade todo.
Al principio, trataba de evitarla, como si ignorarla pudiera hacer que desapareciera. Intentaba ocupar mi mente con cualquier cosa: música, trabajo, películas. Pero la tristeza es paciente. Se queda ahí, esperando, y en los momentos de quietud, cuando el mundo se calma, regresa con más fuerza, como una marea que no se puede detener.
Y había algo que nadie me había explicado sobre la tristeza: no siempre se nota. A veces puedes estar frente a todos sonriendo, hablando, haciendo bromas y aparentando que todo está bien, mientras por dentro estás intentando juntar las partes de ti que se sienten rotas. Aprendí a decir "estoy bien" incluso cuando esa frase estaba muy lejos de ser verdad. Aprendí a convivir con las personas sin contarles todo lo que pasaba dentro de mí. Porque hay dolores que no sabemos explicar y otros que simplemente no queremos explicar. No porque no necesitemos ayuda, sino porque algunas veces ni siquiera nosotros mismos entendemos lo que estamos sintiendo.
Había días en los que la tristeza me tomaba por sorpresa. A veces, era un recuerdo que se filtraba en mi mente: tu risa, una canción que solíamos escuchar juntos, o incluso un lugar que frecuentábamos. En esos momentos, no podía evitar que las lágrimas cayeran, como si mi cuerpo necesitara liberar algo que había estado reprimiendo. Era una tristeza que no necesitaba palabras; era simplemente un sentir, una presencia que lo envolvía todo.
A veces no era un recuerdo completo. Bastaba una pequeña cosa. Una palabra. Una fecha. Una fotografía. Una canción que sonaba por casualidad. Un lugar que antes parecía insignificante y que, de repente, se convertía en un pedazo de nuestra historia. Era extraño cómo algo tan pequeño podía abrir una herida que yo creía cerrada. Y entonces entendía que no había olvidado; simplemente había aprendido a vivir durante algunos minutos sin pensar en ello.
La tristeza también se manifestaba en las cosas pequeñas. Me encontraba mirando por la ventana, viendo cómo el mundo seguía girando, y no podía entender cómo era posible que todo continuara mientras mi corazón estaba roto. Las personas seguían con sus vidas, como si nada hubiera cambiado, pero para mí, el tiempo parecía haberse detenido.
Me preguntaba cómo podía amanecer otro día con tanta normalidad. El sol salía, las calles se llenaban, las personas iban y venían, alguien seguramente estaba celebrando algo, alguien estaba enamorándose, alguien estaba comenzando una nueva etapa. Y yo simplemente estaba intentando entender cómo continuar con la mía. Era extraño sentir que el mundo entero había seguido adelante mientras una parte de mí seguía viviendo en aquel momento que quería dejar atrás y, al mismo tiempo, no quería olvidar.
Había noches en las que la tristeza se sentía como una niebla, envolviendo cada pensamiento y cada emoción. Me quedaba despierto, mirando el techo, preguntándome cómo algo que una vez fue tan hermoso pudo terminar así. La tristeza no ofrecía respuestas; solo dejaba preguntas que parecían no tener solución.
Y esas noches eran las más difíciles. Porque durante el día podía encontrar algo que me distrajera, alguna conversación, alguna actividad, cualquier cosa que me ayudara a no pensar demasiado. Pero por las noches no había dónde esconderse. Solo estaba yo, mis pensamientos y todos esos recuerdos que durante el día había intentado mantener lejos. Era entonces cuando la mente se convertía en el lugar más ruidoso, aunque todo alrededor estuviera completamente en silencio.