«¿Qué drama, qué maldición impide a los chilenos ver objetivamente la
realidad, envolviéndolos en argumentos legalistas que inhiben su comportamiento y su acción? La estupidez no tiene límites, llevándoles al extremo de no acusar de criminal al asesino, aunque lo hayan sorprendido asesinando, porque la ley aún no lo prueba y es un "presunto criminal". Del mismo modo, el despojo de nuestra tierra no es despojo, si es el resultado de un fallo que se considera "legal". Y el cretinismo llega al extremo de que el despojado se sienta feliz de poder cumplir con presteza el despojo, "legalmente" dispuesto.
Este camino históricamente recorrido nos va acercando al fin de Chile.
La visión apocalíptica es tal que, aun teniendo en cuenta la mentalidad suicida del chileno, se nos hace imposible pensar que el asunto sea tan simple como para
atribuirlo únicamente a estupidez, ignorancia, cobardía o entreguismo. Sobre todo porque hemos conocido la indignación profunda, la amargura y la rabia con que el pueblo humilde y sencillo ha recibido la decisión de entregar un territorio que le pertenece.
En el fallo por la Laguna del Desierto, en que Chile pierde la totalidad de esa región, la actitud de los actuales gobernantes es tan increíble que, un observador con sensibilidad y experiencia histórica, guarda la sospecha de que detrás exista una entrega arreglada de antemano, una conspiración, en la que los responsables principales se encuentran aquí, pero los directores están filera. Complot, o conspiración, pero no de hoy, sino antiguos. Su primera manifestación visible en la Historia contemporánea es el estallido de la Revolución Francesa, donde se implantan los principios internacionalistas, que comenzarían a socavar los fundamentos que sustentaban conglomerados étnicos, jerárquicos y de trascendencia espiritual. Este terremoto alcanza a nuestra América y es el responsable de las veintiún repúblicas que aquí se configuran, lo que deja abierta la posibilidad de que el más grande, el más poderoso, o el más astuto, se coma al más chico, al más débil, al más pusilánime, o al más cobarde. Contra todas las leyes de la Naturaleza, de la Biología y del Cosmos, donde nada es igual a nada, y donde hasta los cristales de nieve son cada uno diferente, comienza a cumplirse el intento de hacer desaparecer los límites geográficos, las diferencias étnicas, psicológicas, biológicas y espirituales en el planeta.
Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, se pierde la "Carta de
Charlottemburg", propuesta por el Tercer Reich, para conformar un mundo organizado en un 'Nuevo Orden" de "patrias étnicas" y "carnales", basado en una ecuación de 'tierra y sangre"; es decir, respetando las diferencias naturales, que han llegado a producirse por el acontecer mismo de la Historia, hasta llegar a conformar una inviolable individualidad psico-genética y una idiosincrasia nacional, en conformidad con el suelo que nos alimenta y con el "paisaje del alma". Esto es la Patria, la Nación y la Raza, que hay que defender, para que el organismo no muera. Perdida la Guerra, pasa a imponerse la "Carta de San Francisco", dándose nacimiento a las "Naciones Unidas", prolongación de la "Sociedad de las Naciones", con su peregrino intento de conformar un mundo igualitario, internacionalista, mundialista, globalista, en el que todas las diferencias y las razas debieran fundirse.
Los ingredientes más eficaces para lograrlo, serán dos: el capital internacional y el marxismo internacional; debiendo, al final, convertirse en uno solo: el capital, el dinero, con sus empresas transnacionales y sus transferencias electrónicas, instantáneas y simultáneas»
—Miguel Serrano, La Entrega de la Patagonia Mágica