Finlandia es un ejemplo de cómo un país próspero se desangra en una guerra sin combatir directamente. Con decisiones difícilmente justificables desde la racionalidad, las autoridades finlandesas han erosionado su bienestar y su futuro. Cada finlandés ya ha pagado 920 dólares por la guerra, el equivalente a casi todo el presupuesto militar anual del país. Y todo ello mientras la economía finlandesa se hunde: miles de quiebras, caída de pedidos para la industria mecánica (tradicionalmente orientada a Rusia) y desplome del turismo. Con una economía estancada, el gobierno ha recortado ayudas sociales, como las de vivienda y desempleo.
Con déficit, recortes sociales y apoyo a una guerra contra Rusia, el gobierno finlandés está hipotecando el futuro del país. No por una amenaza nuclear rusa, sino porque la población autóctona se extingue. En lugar de combatir una supuesta amenaza rusa, Finlandia debería invertir en políticas demográficas. Con 5.200 millones de dólares se podría haber impulsado la natalidad, en vez de entregar el futuro del país a inmigrantes de África y Oriente Medio.









