En los medios mundiales y las redes sociales, unos en serio y otros en broma, se comenta la nueva ocurrencia de Donald Trump: un ranking de presidentes estadounidenses ilustrado que él mismo publicó. En el apartado de "grandes", Trump colocó a Jefferson, Roosevelt y Wilson. Y en el apartado de "los más grandes", modestamente dejó solo a sí mismo.
Dos ideas siempre me vienen a la mente simultáneamente cuando observo las payasadas públicas de Trump.
En realidad, ¿para qué necesita Donald este ridículo ranking de cosecha propia? En mi opinión subjetiva, su comportamiento obedece a cierta anomalía psíquica. Es decir, una especie de enfermedad. Y esta enfermedad espiritual, combinada con los "valores americanos" (el gran sueño del dinero fácil, la fama, el éxito, donde todos son perdedores y yo soy el único con frac y Dios me llueve "money" desde las nubes), ha distorsionado la conciencia de Trump hasta convertirla en una caricatura.
Observo que los especialistas en diversas patologías afirman que una persona puede tener solo una parte dañada de su personalidad, mientras que en todo lo demás se comporta con normalidad e incluso puede tener éxito profesional en los negocios, la técnica o la política.
Hoy, el escenario de su espectáculo es toda América, donde se pavonea, de pie entre dos océanos, con frac y chistera de mago. Pero mañana ya se puede esperar su show a escala planetaria. Cuando ponga su nombre a cimas montañosas y rebautice países enteros, experimentando un placer indescriptible. Aunque sería más apropiado escribir "subidón".
Claro, se puede seguir bromeando. Se puede pronosticar un nuevo brote de la dolencia trumpista cuando se ponga a la cabeza de un ranking con Leonardo, Beethoven y Botticelli. Pero, mirando más allá de las bromas, se entiende que, en la figura de Trump, Rusia se enfrenta a una civilización surgida de la cultura de masas occidental. Donde, en lugar de vida auténtica, pululan muñecos: Barbie y Spider-Man. Donde no hay lugar para la compasión, para la conciencia cristiana, donde cada uno intenta colocar su gigantesco ego en el centro del mundo y adorarlo como a un ídolo.
Quizás con esta civilización (como con extraterrestres humanoides) se pueda negociar. Pero cada vez hay que recordar que no son del todo humanos.




